jueves, 4 de marzo de 2010

¿Esto lo arreglamos entre todos?(Alberto Garzón Espinosa 28/02/10)




A estas alturas ya casi todos habrán visto la campaña "Esto sólo lo arreglamos entre todos", promovida por las Cámaras de Comercio. La campaña cuenta con el apoyo de numerosas personas del mundo del deporte y la televisión, entre otros, y tiene como objetivo instaurar en la población un mensaje de ánimo y optimismo frente a la situación actual. En su web se pueden encontrar diferentes vídeos en los que se anima al espectador a mirar a su alrededor con más alegría y menos pesimismo. Hay gran cantidad de mensajes de superación que abarcan tanto lo físico para buscar paralelismos -parapléjicos que buscan una integración cómoda- como directamente lo económico -pequeños empresarios que hacen grandes sacrificios en cuestión de tiempo y vida social-.

En mi opinión la campaña es suficientemente ingenua como para no prestarle atención. Sin embargo, de la preguntita de marras se deriva una idea que me parece interesante poner encima de la mesa una vez más: ese falso sentimiento de comunidad que aparece cuando llega una crisis económica. Es la misma idea que propugnan los ministros, empresarios y gobernadores de bancos centrales cuando llaman a "ajustarse el cinturón". Pero yo impugno esa idea: no todos tenemos la misma responsabilidad ni todos tenemos que contribuir de la misma forma a solucionar ni este ni cualquier otro problema económico.

La patronal tiene su lógica (Luis Solana el 4/03/10)

La idea de un contrato de trabajo sin cobertura social para los jóvenes, ha producido un rechazo mediático notable. Me parece lógico y aplaudo la respuesta espantada de casi todo el mundo. Digo de casi todo el mundo por una razón ¿pensais que la CEOE o el señor Díaz Ferrán se han vuelto locos? Me temo que no nos damos cuenta de lo importante que es entender el mercado y los controles del mercado. Sinceramente: la diferencia entre derechas e izquierdas está precisamente ahí.

Suponed que hay una cosecha impresionante de manzanas. Los precios de las manzanas bajarán en poco tiempo. Suponed que escasean las naranjas por las heladas de estos días. Los precios de las naranjas subirán. ¿Se quejará alguien? Alguien puede ser que sí, pero la opinión general, no.

Ahora tenemos una tremenda oferta de trabajadores en el paro. Como nunca. Y muchos, muy jóvenes o inmigrantes. A la vez, tenemos una demanda de empleo pequeña o muy especializada. Resultado: los salarios de los trabajadores sin empleo deberían bajar.

Vamos a ver si esto se entiende: esto pasa en términos de puro mercado. Por eso la CEOE (o Díaz Ferrán) ha hecho la propuesta que ha hecho, porque entiende y vive el mercado.

Pongámonos en la piel de la CEOE. Un empresario quiere contratar a unos trabajadores para pintar unas viviendas. Va a la cola del INEM y pregunta: ¿quereis empleo seis meses por 540 € al mes? Aquí ya no digo más y espero respuestas de gentes que están en la cola del INEM.

Pues eso es lo que ha pensado la CEOE (o el señor Díaz Ferrán): si muchos quieren trabajo y hay poca oferta de trabajo los salarios tienen que bajar.

No lo dudeis: si un desempleado de larga duración tiene la posibilidad de trabajar y cobrar un dinero, aceptará lo que sea para atender sus necesidades.

Y aquí entra en escena el Estado y la izquierda: o se corrige el mercado o podemos llegar hasta situaciones insospechadas de indefensión de un trabajador.

Ya se que duele que tengamos que pagar (por ejemplo) un IVA más alto dentro de poco, pero cuando lo pagueis, estareis dando dinero al Estado para que pueda seguir pagando algo a unos parados que -de lo contrario- se entusiasmarían con el mercado y se colocarían por lo que les quisieran pagar.

La esclavitud igual podría volver con una cierta lógica del mercado. Pensemos.

lunes, 1 de marzo de 2010

Los políticos no velan por la mayoría

Eduard Punset 21 Febrero 2010

¿Qué es lo que le importa a la inmensa mayoría? Su bienestar depende –es lo que sugieren los mejores estudios académicos– de poder ejercer un mínimo control sobre su vida y su trabajo. No el Gobierno, sino ellos mismos. A la mayoría le gusta saber que no todo está en manos de la maquinaria administrativa o corporativa.

La última de las cajeras en un supermercado se siente mejor si los clientes le preguntan y ella puede ayudarlos a elegir el producto. Tiene entonces la sensación de que su trabajo sirve para algo y de que controla, por lo menos, una parte de todo el tinglado. Idéntica preocupación se extiende al mundo corporativo: los ejecutivos funcionan mejor como equipo si se sienten partícipes de un proyecto.

¿El estamento político y administrativo centra sus esfuerzos en alcanzar ese objetivo? ¿O más bien en todo lo contrario? Se diría que la única ocasión en que se ocupan de la mayoría es cuando pueden penalizarla controlando, cada vez más, los movimientos de una minoría hasta no dejarlos ni respirar. Limitar la circulación en determinados tramos a 80 kilómetros por hora, luego a 60 y después, justo cuando se inicia una bajada que obliga a frenar, antes de que el control de radar grabe la supuesta infracción, a 40; porque así se le ha ocurrido a un déspota disfrazado de especialista de la circulación. ¡Y después otra vez a 60!

Si se dieran las circunstancias adecuadas, la mitad de los profesionales con un puesto de trabajo serían mujeres, hoy que el número de diplomadas supera ya al número de diplomados. Pero se sigue muy lejos de que esto ocurra; las que han conseguido un puesto de trabajo siguen sumidas en el desamparo por culpa de un sector público que no se decide a invertir sumas ingentes en guarderías infantiles y centros pedagógicos.

¿El estamento político se centra en ser más compasivo con la infancia y la juventud? ¿O más bien al revés? El discurso político prefiere, al contrario, fomentar el odio de clase y alimentar mediante información manipulada el dogmatismo histórico.

Dentro de muy pocos años, las enfermedades mentales constituirán ya el primer factor de preocupación social, pero, en lugar de introducir de manera masiva puntos de apoyo psicológico abiertos al público, se prefiere ignorar la información disponible sobre las depresiones o el suicidio, que siguen siendo temas tabú para la mayoría de los afectados.

Para perseguir las prácticas corruptas, se prefiere teatralizar los casos aislados de corrupción identificados en los tribunales especiales creados al efecto, en lugar de aplicar medidas de prevención, saneamiento e informatización del sistema judicial en su conjunto. ¿Qué es más urgente? ¿Qué está pidiendo la inmensa mayoría? ¿El mantenimiento de tribunales especiales como en los tiempos de la dictadura o la creación de centros modestos, pero especializados, en los que neurólogos, maestros y terapeutas atienden al público?

A la mayoría de la gente le importa tener la sensación de que ellos mismos controlan algo de su vida; de que pueden dejar, confiados, a sus hijos mientras las madres se incorporan al trabajo; de que se vela por disminuir los índices de violencia generalizando el aprendizaje social y emocional. Mientras que al estamento político parece importarle controlar las infracciones de una minoría, aunque sea a costa de dificultar los movimientos de la mayoría.

¿No sería más conveniente pertrechar a las generaciones futuras con las competencias necesarias para focalizar su atención, solventar conflictos, gestionar la diversidad de un mundo globalizado, sugerirles cómo afinar sus mecanismos de decisión, educar el corazón de los ciudadanos y no sólo su mente?

sábado, 27 de febrero de 2010

Tras esta crisis, lo próximo a corto plazo será otra crisis (José Luis Sampedro)

20 minutos.es (David Rojo 23.02.10)

Jose  Luis Sampedro

Inteligente, rotundo, crítico, lúcido, didáctico, social, divertido, certero, humanista. José Luis Sampedro es, a sus 93 años recién cumplidos, una referencia cuando se trata de analizar a fondo lo que está pasando. Es lo que antes, cuando existían, se llamaba un sabio.

¿Qué ha pasado para llegar a esta crisis?
Lo que ha pasado es que hubo un momento dentro de las rivalidades del siglo XX en el que los poderosos se alarmaron, en parte por los sucesos del 68, y hubo una reacción, con Thatcher y Reagan, que supuso el apoyo de una teoría económica, la de los fundamentalistas del mercado, que logró la desregulación extrema, que causó lo que ha pasado. Los economistas se han concentrado en lo financiero, es decir, son los que manejan el dinero. Y con la globalización se ha producido una transferencia de poderes: los gobiernos, que mejor o peor están controlados por la política, la democracia, etc., han sido sustituidos por unos financieros que actúan sobre una desregulación absoluta. No los controlan ni los gobiernos. Y entonces se producen los excesos.

Estamos en la descomposición del capitalismo hacia una situación de barbarie. Como en su día Roma.

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En España nos faltó la guillotina

Blanca Berasategui. El Cultural.es (26.02.10)

guillotina

Antes de que trescientos mil ejemplares de El asedio (Alfaguara) tomen el próximo miércoles las librerías de España, Arturo Pérez-Reverte se fue a navegar solo, “nada, fui a Ibiza y volví”, para pertrecharse de la soledad y los silencios que le van a faltar en la vorágine de promoción en la que ya está metido. Ha trabajado duro dos años, dice este marino lector “que ocasionalmente escribe novelas”. Dos años de ensamblaje, después de tanto ir y venir, y leer, y pisar Cádiz. Cuenta Pérez-Reverte que El asedio es una novela moderna con personajes y sucesos de dos siglos atrás. Con esa vehemencia imposible que se gasta, cuenta, como verán, muchas más cosas.....seguir leyendo....

miércoles, 24 de febrero de 2010

Trabajar más por menos (Joaquí Arriola)


Joaquín Arriola (Altereconomía 24/02/10)

En España hay 8,6 millones de pensionistas, 5,1 millones de los cuales son jubilados (el resto, viudas y huérfanos). 2,2 millones de pensionistas cobran menos de 500 euros de pensión, y menos de la mitad superan el equivalente al salario mínimo. En Euskadi la pensión media de los 491 mil pensionistas alcanza los 945 euros, frente a los 760 de la pensión media estatal.

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martes, 23 de febrero de 2010

Cadena perpetua: ¿y después, qué? (Gerardo Pisarello · Jaume Asens )

cadena perpetua

La propuesta del PP insinúa la intención de instalar en la agenda política un programa de mano dura.

El tratamiento dado por los medios a asesinatos como los de Marta del Castillo o la niña Mari Luz Cortés ha permitido a ciertos sectores de la derecha política y judicial desempolvar el debate en torno a la cadena perpetua o, como se ha corregido luego, la «prisión permanente revisable». El propio Mariano Rajoy, secundado por partidos como la UPD de Rosa Díez, se ha propuesto llevar el asunto al Congreso cuando se discuta la reforma del Código Penal. Aunque este designio se presenta como respuesta a una «realidad nacional», es difícil no ver tras él la marca de un populismo punitivo que se extiende cada vez más por Europa y que compromete seriamente la convivencia social y libertades y derechos básicos.

El populismo punitivo es un intento de recabar, de manera demagógica, el consenso social en torno al miedo generado en la población por la criminalidad ordinaria. Este miedo, espoleado e incluso creado a golpe de titulares de prensa, no siempre se compadece con la realidad. Frente al argumento de que la pena vitalicia sería la única respuesta a la «inseguridad y la impunidad reinantes», los datos disponibles revelan que los índices de delitos con violencia se encuentran entre los más bajos de Europa y que las condenas, en cambio, suelen ser especialmente severas, como mínimo desde la reforma del Código Penal de 1995.
En su empeño en que ciertos condenados no puedan salir nunca en libertad en todo caso, el PP está siendo coherente con una visión compartida con los sectores más conservadores del Poder Judicial. De hecho, la ley 7/2003 para el cumplimiento íntegro y efectivo de las penas, aprobada durante el Gobierno de Aznar, ya aumentó el límite máximo de cumplimiento de estas de 30 a 40 años. Algo similar a lo pretendido con la llamada doctrina Parot, alumbrada por el Tribunal Supremo para evitar, precisamente, que la excarcelación de ciertos presos causara «alarma social». El propósito, en uno y otro caso, era claro: elevar el tope punitivo, limitar el acceso a permisos, al tercer grado o a la libertad condicional, y conseguir con ello introducir la prisión perpetua eludiendo el nomen iuris.
La cruzada a favor de la cadena perpetua, con todo, no parece reducirse a una simple reacción frente a dos asesinatos estremecedores. Lo que se insinúa, por el contrario, es la intención de aprovechar la coyuntura para instalar en la agenda política un programa más audaz de mano dura. Para comenzar, contra la inmigración irregular, un tema en el que el PP ya ha mostrado su disposición a asumir buena parte del guión xenófobo que Berlusconi o Sarkozy están desplegando sin tapujos. Pero también contra el vasto elenco de delincuentes natos para los que el imaginario conservador reserva toda la saña del aparato coercitivo: terroristas islámicos, traficantes de drogas, pederastas.
Es ingenuo, igualmente, pensar que este afán represivo, de todo punto contrario a los fines socializadores que la Constitución atribuye a las penas, vaya a saciarse con la demanda de prisión perpetua. Como se puso de manifiesto durante el debate generado por la excarcelación de presos por delitos de terrorismo como De Juana Chaos, junto a ella asoma otra bandera que la derecha estaría dispuesta a hacer suya: la de la pena de muerte. No es casual que el líder del PP en Catalunya, Alberto Fernández Díaz, defendiera la perpetuidad con el argumento de que «si no pueden pagar con su vida, que paguen toda la vida». O que en las manifestaciones por la reinstauración de la cadena perpetua, lideradas por la derecha, se lancen gritos a favor de la pena de muerte.
En un contexto como el actual, la sola introducción de este debate constituye una tragedia civil. Una tragedia que, alimentada por móviles electoralistas, esconde además una farsa en toda regla. Y es que incluso en países que han impulsado propuestas similares, como el Reino Unido, Francia o Italia, la medida no equivale a la prisión hasta la muerte (los presos a perpetuidad, de hecho, pueden llegar a salir en libertad a los 10 años de condena). En el caso español, en cambio, la reforma del 2003 ya ha dejado esta alternativa fuera del alcance de un número significativo de presos. Así lo ha admitido el propio ministro Alfredo Pérez Rubalcaba, quien ha reconocido que el sistema penal –con una población reclusa que se ha cuadruplicado en menos de 30 años– se ha convertido en «uno de los más duros de Europa».
Más allá de su inaceptable adscripción al ojo por ojo, lo que más subleva de este programa expansionista del ius puniendi para los enemigos es su capacidad para invocar sin sonrojo un celoso garantismo penal cuando lo que está en juego son casos de alta corrupción o delitos económicos cometidos por los propios amigos. Por eso, impugnar sus pretensiones no es solo una manera de defender el mejor legado de la tradición penal ilustrada. También es una condición indispensable para desenmascarar el trasfondo autoritario, clasista y racista sobre el que se asienta el populismo punitivo de nuestra época.


Gerardo Pisarello es profesor de Derecho Constitucional de la UB. Jaume Asens es vocal de la Comisión de Defensa del Colegio de Abogados de Barcelona