jueves, 4 de noviembre de 2010

ECONOMISTAS NEOLIBERALES (Juan Torres López)

ECONOMISTAS NEOLIBERALES (Juan Torres López)

ECONOMISTAS NEOLIBERALES












La propuesta de reforma de nuestro sistema de pensiones que ha realizado un grupo de 100 economistas (la verdad es que todos ellos con un curriculum profesional muy brillante en sus respectivas áreas de especialización, aunque la mayoría claramente escorados en sus principios y perspectivas de análisis hacia los postulados neoliberales que están de moda desde hace tiempo) está empezando a mostrar no solo lo que puede haber de válido en su razonamiento sino también, como es lógico que ocurra, sus errores y limitaciones.

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domingo, 22 de agosto de 2010

La Economía: ¿pseudo ciencia?..Roberto Follari

La Economía: ¿pseudo ciencia? Roberto Follari (El Catoblepas • número 10 • diciembre 2002 )

Se concluye que la Economía es una ciencia a pesar de que muchos economistas, o algunos así autodenominados,no merezcan el nombre de científicos.

Todos los conocemos hasta el hartazgo: sus lugares comunes, propuestos como si fueran el efecto de una construcción científica, nos bombardean todos los días por la TV, y aún por la prensa escrita. Con la insistencia machacona de quien repite un dogma religioso, los vemos asumir pretensiones de expertos, y recomendarnos por enésima vez las recetas esperables, ésas que ya conocíamos antes de que las propusieran, y que son las mismas que ya les escuchamos mil veces, para los mismos problemas o para otros diferentes y aún opuestos. Nada importa, siempre se recomendará lo mismo: «hay que desregular la economía», «todos los males provienen de la intervención estatal», «hay que profundizar el ajuste», «hay que disminuir la presión tributaria», «se debe flexibilizar las condiciones laborales», «es necesario disminuir las cargas patronales»... ¿Las oyó alguna vez, verdad?

Los supuestos especialistas que enuncian estas estereotipadas soluciones antes de enterarse de cuál sea el problema, son por demás conocidos, ya que sus rostros nos asaltan por la pantalla chica todos los días. Conocemos a los internacionales, y siempre existen opacos epígonos locales. Pero poco importan sus nombres: nadie los extrañará cuando no estén, dado que son todos mutuamente calcados, y da exactamente lo mismo quién hable. Ninguno de ellos es capaz de establecer no digamos ya una heterodoxia, sino siquiera un matiz dentro del tedioso credo neoliberal en boga.

La epistemología –por fortuna– ha reflexionado acerca de qué puede llamarse conocimiento científico, y ofrece algunos criterios para deslindar a este del sentido común, la pura ideología, o la charlatanería vacua. Por ejemplo, el muy célebre Tomas Kuhn, en su La estructura de las revoluciones científicas, dejaba claro que en una toma de posición científica (lo que él llamara un «paradigma») existen supuestos extrateóricos, preconceptuales, que forman parte del horizonte de sentido de un momento dado, y dan su impronta a las teorías. Es decir: que no se adhiere a un punto de vista sólo por motivos racional/conscientes, sino también porque éste se ha «naturalizado» según el modo de ver hegemónico en un momento de la realidad social.

Siendo así (y los argumentos de Kuhn al respecto no son fácilmente refutables, basado en el caso de ciencias físiconaturales), habrá que sospechar que el repetitivo repertorio de los economistas a la moda: 1. No es neutro ni puramente objetivo, ya que ningún conocimiento lo es, menos aún en el plano de los hechos sociales; 2. Que ese punto de vista que se asume en la teoría, se corresponde con las formas de apreciación dominantes en el campo social. La tercera conclusión ya no es kuhniana, sino hija de lo enseñado desde las ciencias sociales: el punto de vista que predomina en la sociedad global es el de los sectores con mayor poder de capital económico y simbólico. De ello se deriva que las premisas supuestamente científicas de estos economistas clonados en sus conceptos, representan en realidad el punto de vista de los económicamente poderosos, de los beneficiados con la globalización capitalista.

Por supuesto, nuestros «expertos» tampoco han estudiado a filósofos de la ciencia como G. Bachelard, quien demostró largamente que la ciencia habla de lo real desde una teoría. Eso significa, que nunca describe lo real «tal cual es», sino que hace sólo una determinada interpretación. En cambio, ellos nos llaman a un supuesto realismo, según el cual las cosas son como ellos las proponen, inequívocamente. No parecen ni sospechar que representan sólo un punto de vista entre otros. Porque además de los liberales, han existido en economía los neoclásicos, los alentadores de la demanda como Keynes, los marxistas como Samir Amin. No hay solamente una teoría económica, y el habitual recetario en boga olvida que debiera dar cuenta de la provisoriedad de sus propios postulados, y obligarse a establecer explícitamente los argumentos que servirían para refutar teorías alternativas.

También –por cierto– las ciencias sociales no suelen incluir leyes causal-determinísticas (es decir, con probabilidad de ocurrencia 100%), sino tendencias. No puede hablarse de economía como si fuera una ciencia exacta. La economía –incluso la liberal– fue desde sus inicios economía política. Las supuestas leyes, operan (sólo probabilísticamente) mientras se mantengan las condiciones sociopolíticas en que funcionan. La teoría neoliberal (que no otra cosa es lo que repite la vulgata económica massmediática), no sirve para entender el funcionamiento del feudalismo, como no sirvió para comprender al denominado socialismo real. No señala las condiciones universales del funcionamiento económico, sólo es una interpretación del capitalismo, y por cierto, útil sólo para ciertas fases de éste (antes del recetario actual, se imponía el credo del Estado benefactor e intervencionista). Por ello, cuando se pretende estar sentando cátedra definitiva sobre muchos temas, se debiera advertir que apenas se está respondiendo a propuestas que tienen alcance limitado, en el tiempo y en el espacio, en cuanto a su posible validez.

Otro reconocido epistemólogo, Karl Popper (quien –por cierto– fuera un entusiasta defensor de los neoliberales), propuso su célebre «criterio de demarcación» para diferenciar ciencia de pseudociencia. Ello estaría dado por la puesta a prueba, vía de la experiencia, de las previsiones de la teoría. La que fallara –aunque fuera sólo en un caso– sería declarada falsa. Y la que simplemente no pudiera ser puesta a prueba, porque sus posiciones fueran tan generales que no resultara posible someterlas al tribunal de la experiencia, sería pseudociencia.

¿Cómo clasificar –de acuerdo con Popper– a nuestros desprevenidos economistas? Se ha mostrado hasta el hartazgo el fracaso de sus previsiones. ¿O acaso no se supone que los latinoamericanos íbamos hoy a estar en el Primer Mundo? (¡Y véase dónde estamos!) ¿O acaso si uno se sienta a tomar un café en un bar –en el caso argentino–, no nos interpelan hoy decenas de mendigos y precarios vendedores, cosa que ocurría mucho menos hace apenas una década? ¿Acaso no estamos –como regalo del neoliberalismo en todo el subcontinente, combinado con hipercorrupción– con acuciantes problemas de seguridad que nos llevan a vivir entre rejas, cuando la Latinoamérica del atacado Estado intervencionista era uno de los espacios más seguros del mundo?

El desastre de pobreza, desocupación y marginalidad actual, es fruto de las políticas neoliberales, como todo el mundo sabe a partir de sus responsables específicos en cada país. Sin embargo, ingeniosas piruetas retóricas permiten a los «expertos» echarle la culpa al exceso de presencia estatal. «Los problemas del liberalismo –proclaman insólitamente– se solucionan con más liberalismo.» De modo que producen desastres, y luego culpan a sus adversarios. No se hacen cargo de sus responsabilidades por las políticas de los últimos años (a las que han apoyado y promovido explícitamente), sino que siempre el problema es que subsiste –¿quizá ya lo adivinó Usted?– «exceso de gasto estatal». Y como aún no privatizamos la Casa de Gobierno o la actividad policial, siempre podrá decirse que hay un cierto monto de gasto estatal, y consecuentemente argumentar que resulta inevitablemente abultado y excesivo, de modo que se podrá en toda ocasión e invariablemente «demostrar» que esa es la causa del conjunto de nuestros males.

Ya Franz Hinkelammert, en su libro Crítica de la razón utópica, mostró estos mecanismos perversos en las supuestas explicaciones de los neoliberales, que hacen a su teoría imposible de refutar, ya que ningún hecho adverso parece ser asumido para negarla. Eso exactamente es pseudociencia –falsa ciencia–, según Popper; un autor, por cierto, afecto a un tipo de epistemología en la que tal vez creerían reconocerse muchos de nuestros «expertos».

Lo mismo sucede respecto de tantos otros dogmas que los videoeconomistas sustentan. Por ejemplo, que la primer libertad es la de mercado, y que por tanto libre mercado sería sinónimo de democracia. Pero sabemos que Pinochet fue quien con su sangrienta dictadura impuso el primer ensayo neoliberal en Latinoamérica. A pesar de ello (y contra toda evidencia) se sigue repitiendo el mensaje. También se afirma que la corrupción desaparece con la liberalización económica, como si no hubiésemos visto una monumental megacorrupción en los procesos de privatización argentinos o mexicanos, y tal corrupción no implicara siempre a un sector privado junto al funcionario estatal. En fin; pretenden pasar por ser la propuesta más renovadora, cuando sus representantes máximos (Tatcher y Bush) hace largo tiempo que están enterrados fuera del suelo político: en realidad, nuestros autores «se quedaron en el 89», y repiten la sobreutilizada letanía de la caída del Muro. Otro caso: nos enseñan cómo seguir el siempre laudatorio ejemplo de los Estados Unidos y su supuesto libre mercado absoluto, cuando todo el mundo conoce de los subsidios otorgados en ese país a sus productores agrícolas (uno de cuyos perjudicados –dicho sea de paso– somos los latinoamericanos con nuestras exportaciones).

Por fortuna, la economía es mucho más que esta superchería que durará mientras dure el auge del gran capital que la sostiene. Hay en la teoría económica presencia de pensamientos complejos, nociones alternativas y disímiles, ideas sobre la articulación entre lo social, lo político y lo económico (ver por ejemplo, los trabajos de Klaus Offe, o los del Premio Nobel Amartya Sen). Ciertamente, la economía es una ciencia. Como tal, está hecha de teorías variadas, de constataciones empíricas y de preguntas abiertas. Y se sostiene a pesar de que muchos economistas –o algunos que así se autodenominan– no merezcan el nombre de científicos.

martes, 4 de mayo de 2010

Las lecciones del gobernador del Banco de España.Juan Torres López. Ganas de Escribir


Fantástico artículo de Juan Torres López:

Las lecciones del gobernador del Banco de España.



El gobernador del Banco de España ha vuelto a intervenir en la vida pública, haciendo gala de que es una de las grandes figuras de la política española y no un simple técnico como dicen de sí mismos él y sus colegas. Y lo ha hecho también una vez más defendiendo las posiciones de la patronal y de los grandes bancos y grupos financieros a los que sirve. Mostrando igualmente que ni él ni la institución que gobierna son tan independientes como dice su estatuto.
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domingo, 18 de abril de 2010

¿Por qué no Banca Pública? Vicenç Navarro


Vicenç Navarro – Consejo Científico de ATTAC España


Una noticia que seguro Ud. no habrá leído en los mayores medios de información del país es la del movimiento que está ocurriendo en EEUU (centro de la crisis financiera), que goza de gran apoyo popular, que propone la creación de bancas públicas, tanto a nivel estatal como federal. En parte, ello se debe al enorme descrédito que la banca privada tiene en aquel país. Según las últimas encuestas, los bancos están entre las instituciones menos valoradas en la sociedad estadounidense. A pesar de las enormes cantidades de fondos públicos que los bancos han recibido, todavía hoy es difícil para las pequeñas y medianas empresas, así como para la mayoría de la ciudadanía, conseguir crédito bancario. En lugar de utilizar los fondos públicos para cumplir esta función social (el ofrecimiento de crédito), los grandes bancos han utilizado tales fondos para continuar con sus comportamientos especulativos (que causaron la crisis financiera) y para incrementar todavía más los salarios y bonos de sus directivos. Como consecuencia, la hostilidad de la población hacia los bancos se ha acentuado todavía más.

Pero la otra razón de que haya un número creciente de representantes políticos que, presionados por la opinión popular, estén proponiendo crear una banca pública es la experiencia positiva de la banca pública en aquellos estados que tienen bancos estatales públicos. De ellos el más conocido es el Banco Estatal del estado de North Dakota, fundado hace noventa y un años, cuyo capital inicial se basó en los impuestos y tasas estatales que continúan siendo la fuente principal de aquel banco. Según sus reglas internas, tal banco estatal tiene prohibido realizar inversiones en actividades especulativas, exigiéndosele, además, que invierta en el propio estado de North Dakota. Ha sido uno de los bancos más solventes y menos afectados por la crisis financiera que sufre el país. Y también uno de los pocos bancos que previno la burbuja inmobiliaria, evitando las hipotecas basura (subprime mortgages) en su práctica bancaria. Tal como escribe Ellen Brown en su libro Web of Debt, tal banco público es responsable de que aquel Estado no haya sufrido la escasez de crédito que han sufrido la mayoría de estados en EEUU.

Ello explica que muchos otros estados están pensando en constituir bancos públicos similares. Ha aparecido, así, una ola de propuestas en los parlamentos estatales de varios estados (Vermont, Virginia, Michigan, Washington State), que proponen el establecimiento de bancos estatales públicos. Todas estás propuestas responden al hartazgo de la población hacia el sistema bancario actual y la utilización de fondos públicos para salvarlo. Reproduciendo el mismo enfado general, varios parlamentos estatales han prohibido que los fondos del estado se inviertan en bancos de inversión (Investments Banks) que consiguen sus beneficios a base de inversiones especulativas que ponen en riesgo los fondos públicos.

Y otro dato importante, que tampoco habrá leído en los mayores medios de información y persuasión españoles es que se empiezan a escuchar voces en EEUU que están pidiendo también que se establezca un banco público, voces que están encontrando una gran receptividad en la calle, e incluso en algunos sectores del Congreso (que no han sido captados todavía por los lobbies de la Banca). Entre estas voces está la del Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, que en un artículo reciente en la revista The Nation indicaba que los 700.000 millones de dólares que se gastaron para ayudar a la banca, debieran haberse utilizado en establecer una banca pública, evitando así que EEUU tuviera el enorme problema de crédito que tiene hoy. Según Joseph Stiglitz este dinero podría haber supuesto la creación de un Banco Público, a partir del cual podría haberse alcanzado una actividad crediticia de 7.000 billones de dólares (siguiendo el criterio de seguridad de 1 a 10, incluso más conservador que el de 1 a 30 que ha sido la práctica bancaria generalizada). Tal cantidad significa una capacidad mucho mayor que la que hoy necesita el país. Concluía Stiglitz, en su artículo, que la ayuda a la banca no había sido, en realidad, una medida para facilitar el crédito, sino una intervención pública con el objetivo primordial de salvar a los banqueros y a los accionistas.

Estas noticias que Ud. no habrá leído en los mayores medios de información y persuasión españoles son muy relevantes para España también, pues la misma pregunta debiera hacerse en nuestro país. ¿Por qué el gobierno español ha invertido tanto dinero en salvar a la banca, con tan pocos resultados en facilitar el crédito? La población, así como los medianos y pequeños empresarios (los empresarios que crean más empleo en el sector privado en España), tienen enormes dificultades en conseguir crédito y ello a pesar de que el gobierno ha invertido enormes cantidades en ayuda a los bancos. Hubiera sido una medida mucho más eficaz y equitativa si el Estado español (con el dinero invertido en ayudar a los banqueros y a sus accionistas) hubiera creado un banco público, tal como, me consta, el Sr. Stiglitz sugirió a las autoridades españolas sin que, por lo visto, tuviera ninguna respuesta.

Y el hecho de que no lo hicieran es, una vez más, consecuencia del gran poder de la banca en España (el poder fáctico de mayor fuerza en nuestro país), liderado por el Banco de España, cuyo gobernador (nombrado por el gobierno socialista) es el máximo exponente del pensamiento liberal, pensamiento que ha causado la enorme crisis actual, y todavía hoy domina la cultura económica del país. La nacionalización de la banca o la creación de una banca pública es uno de los grandes tabúes, de los muchos que hay en la cultura política y mediática del país, que debiera desaparecer para permitir un auténtico debate sobre la situación bancaria en España, que, en contra de lo que promueve la sabiduría convencional en el país, necesita realizar cambios muy sustanciales en sus sistemas de propiedad, de gobierno y de funciones.

Artículo publicado en Sistema Digital.

sábado, 27 de marzo de 2010

REBELIÓN EN EL CIBERESPACIO (Federico Mayor Zaragoza)


A vuela pluma (V) REBELIÓN EN EL CIBERESPACIO

Federico Mayor Zaragoza

Hasta ahora era muy difícil para los ciudadanos expresar su opinión sin cortapisas. Las urnas -que ya es mucho- se están quedando en poco. La cantidad inmensa de información disponible, procedente de todo el mundo y en tiempo real, no puede amilanarnos y reducirnos a la condición de receptores impasibles.


Hoy sabemos... y no podemos quedarnos quietos, alucinados, cómplices. Cuando la conciencia global y el conocimiento nos urgen a no guardar silencio, cuando nos vemos "compelidos al supremo recurso a la rebelión...", según establece el luminoso preámbulo de la Declaración Universal, tenemos que expresarnos. Y ahora, con la moderna tecnología de la comunicación, no podemos seguir como testigos anonadados, atemorizados, distraídos por la omnímoda influencia recreativa y tergiversadora del poder mediático.

La participación de la gente tendrá lugar en el ciberespacio. Millones y millones de personas expondrán sus puntos de vista. Es decir, serán ciudadanos de las nuevas democracias en las que el poder emanará realmente del pueblo, como proclama el artículo 21/3 de la Declaración Universal.

Mejor prevenir que remediar. Estén atentos los poderes actuales, tan atareados en los temas de siempre, intentando convencer a los de siempre que ya no valen las fórmulas de siempre, que los caminos del mañana empezarán a ser trazados por muchedumbres en el ciberespacio. Sí, el gran cambio se avecina. El tiempo del silencio ciudadano ha concluido. Empieza la hora de la gente. De la nueva democracia a escala global y planetaria.